Escucharás tu corazón latir muy rápido.
Y también, muy cerca,
el de alguien más.
Verás la oscuridad —viciosa, desconcertante—,
a veces obsesionada consigo misma,
claustrofóbica.
A veces excitante,
la experiencia inasible
de aquello por conocer,
el pulso sensual de una cuerda a punto de ceder.
Percibirás la gravedad liviana de lo divino
en el río oscuro donde se aprende a nadar,
donde los ciegos descubren el alivio
de que todas las direcciones
regresan al mismo lugar.
Fluirás sin coordenadas ni horario;
lo arbitrario
lo quema el corazón.
Después —o mientras tanto—,
bailarás.
Más allá del cansancio,
bailarás con el ritmo exacto
que nace del encuentro
entre un latido y un beat,
y en esa danza instintiva sabrás
que tú y la vida se rozan,
desafiantes y cómplices,
porque para eso —y sólo para eso—
tienes pies para bailar.